The Havana Dispatch by Natalia Favre
Dispatch #1 — March 13, 2026
Español:
Otro colapso del sistema eléctrico nacional. En el último año han sido cinco. Es de noche y vuelvo a casa pedaleando. La luz frontal de mi bicicleta parpadea en rojo – tengo que llegar antes de que se apague. En la panadería de la esquina veo un tumulto de lucecitas blancas: son personas esperando a que saquen el pan de la noche.
Cuba atraviesa una profunda crisis energética que afecta todas las esferas de la vida y los apagones se han vuelto parte de la rutina diaria en todas las ciudades del país.
Me apuro a subir la pendiente de la calle 12. Una señora que camina sola, sosteniendo en sus manos unos cuantos panes, se queja de lo calientes que están. Habla alto, como si quisiera que alguien la escuche, pero no hay nadie a su alrededor. “Ay, Cuba, hasta cuándo, Cuba”, dice. Solo yo la oigo, que paso suave subiendo la cuesta.
Delante de mí circula un triciclo eléctrico. Ante la falta de combustible, La Habana se ha llenado de estos vehículos que suenan como latas descuajeringadas. En la parte de atrás caben hasta seis personas, apretadas como sardinas. Un pasajero logra sacar una pierna de entre la maraña de cuerpos y la deja colgando en el aire, como buscando equilibrio, mientras el triciclo sube despacio.
Sorteando los baches que salpican el asfalto, continúo mi camino. Paso frente a algunas casas iluminadas, bendecidas por paneles solares, baterías o EcoFlows. Los sonidos se repiten en cada cuadra del barrio: el marfil de las fichas de dominó chocando con fuerza contra una mesa improvisada y el grito ocasional de un ganador.
La densa oscuridad de los interiores expulsa a mis vecinos a la calle, iluminada por una luna redonda. Los niños no tuvieron escuela y corren por los pasillos con energía contenida mientras un joven músico ensaya acordes tristes en un piano algo desafinado. Los apagones ya no son noticia para los cubanos, que, cansados, cuentan las horas y se resignan a una espera que esta noche se ha vuelto demasiado larga.
English:
Another collapse of the national electrical system. That makes five in the last year. It’s night, and I’m pedaling home. My bicycle’s headlight is flashing red—I have to get home before it dies. At the corner bakery, I see a cluster of tiny white lights: people waiting for the evening bread to be pulled from the bakery’s oven.
Cuba is going through a profound energy crisis that affects every sphere of life, and blackouts have become part of the daily routine in every city across the country.
I speed up the hill on Calle 12. A woman walking alone, clutching a few loaves of bread, complains about how hot they are. She speaks loudly, as if she wants someone to hear her, but there’s no one around. "Oh, Cuba, hasta cuándo, Cuba," she says. Only I hear her as I peddle up the hill.
An electric tricycle pulls up ahead of me. Given the lack of fuel, Havana has filled up with these vehicles that sound like rattling tin cans. Up to six people fit in the back, squeezed in like sardines. One passenger manages to stick a leg out from the tangle of bodies, letting it hang in the air as if searching for balance while the tricycle climbs slowly.
Navigating the potholes that pepper the asphalt, I continue on my way. I pass a few illuminated houses, blessed by solar panels, batteries, or EcoFlows. The sounds repeat on every block of the neighborhood: the ivory of domino tiles slamming hard against an improvised table and the occasional shout of a winner.
The dense darkness of the interiors drives my neighbors out into the street, which is lit by a round moon. The children have no school and run through the hallways with pent-up energy, while a young musician rehearses somber chords on a slightly out-of-tune piano. The blackouts are no longer news to Cubans, who, weary, count the hours and resign themselves to a wait that, tonight, has become far too long.